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MENSAJES DE LOS ÁNGELES PARA TI DIGEON 24/10/2025 ARCÁNGEL URIEL: SIETE SUPERALIMENTOS BENDECIDOS POR LOS ÁNGELES.

MENSAJES DE LOS ÁNGELES PARA TI DIGEON 24/10/2025 ARCÁNGEL URIEL: SIETE SUPERALIMENTOS BENDECIDOS POR LOS ÁNGELES.

El MENSAJE DE LOS ÁNGELES PARA TI lo trae hoy el  ARCÁNGEL URIEL y te dice: SIETE SUPERALIMENTOS BENDECIDOS POR LOS ÁNGELES.- Amado mío… Cada alimento que llega a tus manos es una manifestación viva de la energía divina. No hay nada en este mundo que no haya sido tocado por la luz de la creación. Cuando eliges lo que comes, no solo tomas una decisión física, sino también espiritual. Cada célula de tu cuerpo responde a la vibración de lo que consumes, absorbiendo la energía que habita en cada fruto, en cada grano, en cada gota de agua. La materia no está separada del espíritu; el cuerpo no es solo un recipiente, es un templo donde la luz se transforma en vida. Cuando comes con consciencia, permites que la luz del cielo fluya por tus venas, recordándote que eres parte del mismo soplo que hizo germinar la semilla y encender las estrellas.

Comer puede ser un acto sagrado cuando lo haces desde la presencia. No estás simplemente alimentándote, estás participando en un intercambio profundo entre el universo y tu alma. Los alimentos nacen de la tierra, pero contienen en su interior la vibración del cielo. En cada bocado hay una historia, una intención, un propósito divino. Cuando eliges alimentos vivos, naturales, aquellos que provienen de la tierra sin violencia ni exceso, estás diciendo “sí” a la vida, estás diciendo “sí” a la energía del amor. No hay separación entre lo que entra en tu cuerpo y lo que sucede en tu espíritu. Todo se une, todo se transforma, todo vibra en una danza eterna de creación.

La energía que habita en los alimentos no se limita a su valor físico, sino a su pureza vibracional. Cada vez que tomas algo creado por la naturaleza, estás recibiendo una forma de luz en estado material. Por eso es tan importante ser consciente de lo que permites entrar en ti. Los alimentos que conservan la fuerza original del sol, del agua y del viento llevan consigo la bendición del cielo. Aquellos que fueron manipulados o privados de su esencia, pierden parte de su luz. Por eso, cuando eliges lo natural, lo sencillo y lo vivo, estás eligiendo mantener la pureza del espíritu que habita en tu cuerpo. Eres más que carne, eres energía condensada, y todo lo que ingieres afecta el brillo de tu luz interior.

Cuando agradeces antes de comer, estás pronunciando una oración silenciosa que llega directamente a los planos más altos. El agradecimiento tiene el poder de transformar la materia. Una fruta, una semilla o una simple gota de agua cambian su frecuencia cuando son bendecidas con amor y gratitud. No es un acto simbólico, es un acto creador. Tus palabras son vibraciones, y cada una de ellas reordena la energía a su alrededor. Cuando dices “gracias” desde el corazón, estás recordando a la tierra que reconoces su servicio, estás reconociendo al cielo por su generosidad, y estás honrando el milagro que representa cada alimento. En ese instante, lo que colocas en tu mesa deja de ser simple comida y se convierte en energía consagrada.

Hay quienes comen sin pensar, sin sentir, sin mirar. Pero cuando abres los ojos del alma, descubres que el acto de comer es una ceremonia. Cada alimento tiene un propósito espiritual, una frecuencia que puede elevarte o disminuirte. Por eso, cuando tomas un pan, un fruto o un sorbo de agua, hazlo con respeto, con atención, con amor. No necesitas rituales complicados; basta con la consciencia. Cada bocado puede ser una oportunidad para sanar, para agradecer, para recordar que todo está conectado. El universo entero participa en el ciclo que lleva un alimento hasta ti. El sol lo hizo crecer, la lluvia lo nutrió, la tierra lo sostuvo, y tú, al recibirlo, cierras el círculo sagrado de la creación.

Cuando entiendes que el cuerpo es un templo, comienzas a cuidarlo con amor, no desde la culpa, sino desde la reverencia. Lo que entra en ti debe honrar la vida que eres. No se trata de prohibir o limitar, sino de despertar. Cada vez que comes con presencia, estás enviando una señal al universo que dice: “Estoy aquí, consciente, agradecido”. Esa señal atrae más luz, más armonía, más equilibrio. Comer con consciencia no es un acto de perfección, sino de amor. Es elegir ser parte activa del milagro. Es recordar que en cada semilla está el mensaje del cielo: “Estoy contigo, te alimento, te bendigo”.

El alimento puede ser tu oración más profunda. Cuando comes con gratitud, con respeto y con intención, estás comunicándote con la divinidad sin necesidad de palabras. Estás reconociendo que la vida se manifiesta en todas las formas: en la fruta madura, en el pan recién hecho, en el agua que corre, en el aire que respiras. Todo es un lenguaje que el universo usa para hablarte. Cuando elevas tu vibración al comer, tu cuerpo responde, tu mente se aclara y tu alma se expande. Comer se convierte entonces en una comunión sagrada, en un recordatorio de que no estás separado de nada, que la luz que vibra en los cielos es la misma que brilla en tu interior. Porque cuando eliges con amor y agradeces con fe, cada alimento se convierte en una bendición viva que te une con lo divino.

El trigo fue uno de los primeros regalos que el cielo ofreció a la humanidad como símbolo de multiplicación y abundancia. Cada espiga que se mece con el viento guarda en su interior el poder de la creación, la promesa de que todo lo sembrado con fe florecerá. Cuando tomas el pan entre tus manos y lo bendices, no estás frente a un simple alimento, sino ante una manifestación de la energía divina que sostiene la vida. El trigo es un recordatorio de que el universo siempre provee, de que la tierra responde al corazón agradecido, y de que la abundancia no proviene del esfuerzo ciego, sino de la conexión con la fuente sagrada que lo multiplica todo.

En cada grano de trigo reposa la memoria de la luz. No hay casualidad en su forma ni en su color: fue creado para recordarte la dorada vibración de la prosperidad celestial. Cuando lo consumes con respeto y agradecimiento, abres en ti un canal hacia la energía de la provisión infinita. No hay carencia en quien come con conciencia, porque la abundancia no se mide en cantidad, sino en vibración. Cuando preparas el pan con amor, cuando amasas con fe y lo compartes con gratitud, el pan se transforma en una bendición viva, una ofrenda que eleva tu frecuencia y la de quienes lo reciben. Comer trigo bendecido es recibir la promesa de que nada te faltará.

El pan, en su sencillez, encierra un misterio profundo: representa el acto de transformación. El grano que muere para convertirse en harina, la harina que se une al agua y al fuego para renacer como alimento. En ese proceso está contenida la enseñanza de la vida espiritual: dejar atrás lo que fuiste para convertirte en lo que estás destinado a ser. Así como el trigo se entrega para dar vida, tú también estás llamado a entregarte al proceso de crecimiento y cambio, confiando en que cada pérdida es solo el preludio de una nueva abundancia. Cuando entiendes esto, cada trozo de pan se vuelve un símbolo de resurrección y fe.

El trigo bendecido por los ángeles vibra en armonía con la frecuencia de la gratitud. Cada vez que agradeces antes de comer, el pan adquiere una luz distinta. No importa si es una comida sencilla o un banquete; lo que le da poder no es su apariencia, sino la intención con la que lo recibes. Agradecer convierte el acto de alimentarte en una ceremonia sagrada, una comunicación directa con la divinidad. Cuando comes con gratitud, todo lo que ingieres se convierte en energía pura, en un canto silencioso que eleva tu espíritu. Así, el pan deja de ser materia y se transforma en luz que sostiene tu cuerpo y tu alma.

La miel, por su parte, es el néctar de la promesa. Su dulzura no es solo física, es espiritual. En los reinos de luz se dice que la miel conserva la vibración del paraíso, esa frecuencia pura en la que no existe el miedo ni la carencia. Cuando pruebas la miel, sientes el eco de ese recuerdo divino: el sabor del amor en estado líquido. Cada gota fue creada para recordarte que la vida puede ser dulce si eliges abrir el corazón. Así como las abejas trabajan unidas para producirla, tú también puedes crear armonía en tu vida cuando actúas desde la cooperación y el amor. La miel es una enseñanza disfrazada de alimento.

En la suavidad de la miel habita un mensaje de los ángeles: la dulzura es una fuerza tan poderosa como la firmeza. No necesitas dureza para avanzar; basta con fluir, confiar y mantener la pureza de tus intenciones. Cuando eliges la dulzura en tus palabras, en tus pensamientos y en tus gestos, el universo responde del mismo modo. La miel representa la recompensa divina, el resultado del trabajo hecho con amor y paciencia. No llega de inmediato, pero cuando llega, transforma todo. Así actúa la bendición: silenciosa, lenta, pero certera. Al probar la miel, recuerda que la dulzura que buscas afuera también habita en ti.

Cuando trigo y miel se unen, el cielo sonríe. Uno representa la fuerza que multiplica, el otro la dulzura que sostiene. Juntos forman un símbolo perfecto del equilibrio que el alma necesita: abundancia y ternura, firmeza y compasión. Cuando consumes ambos con gratitud, estás invitando a tu vida la energía del cielo y de la tierra, el poder del trabajo bendecido y la gracia de la recompensa divina. En cada pan endulzado con miel, los ángeles depositan su luz dorada, esa que te recuerda que la verdadera prosperidad no está en acumular, sino en agradecer. Porque cuando reconoces la bendición que hay en cada alimento, el universo entero conspira para que nunca te falte nada.

El aceite de oliva es una manifestación de la luz líquida del espíritu. Cada gota guarda en su interior una vibración dorada que conecta la tierra con el cielo. Es más que un alimento: es un símbolo de pureza, de sabiduría y de paz. Cuando tocas el aceite con tus manos o lo llevas a tu cuerpo, estás invocando la energía que los antiguos conocían como la unción divina. Su esencia tiene la capacidad de limpiar las sombras y restaurar la armonía en lo profundo del ser. En cada destello dorado del aceite vive la memoria de la creación, el fuego silencioso que arde sin consumir y que representa la luz eterna que habita en todo lo que existe.

El aceite de oliva fue considerado desde los primeros tiempos como un puente entre lo sagrado y lo humano. En los templos antiguos se utilizaba para encender lámparas, sellar pactos y bendecir a los elegidos. No era solo una sustancia física, sino una señal visible de la presencia divina. Cuando lo empleas con gratitud, despiertas en ti la misma energía de aquellos que fueron ungidos por la gracia. Ungir tu cuerpo o tus alimentos con aceite es un acto de reconocimiento hacia la divinidad que vive en ti. Es declarar que la luz es tu guía y que la sabiduría es tu herencia.

Cada vez que el aceite toca tu piel o tu alimento, se abre un canal entre tu espíritu y la vibración de la serenidad. Su energía calma la mente, suaviza los pensamientos y apacigua el corazón. En los planos celestiales, el aceite de oliva brilla como una corriente dorada que rodea al alma que busca consuelo. Es una protección viva, una armadura de luz que se extiende sobre quien lo recibe con fe. No hay oscuridad que resista a su presencia, porque donde hay aceite bendecido, hay equilibrio, hay paz y hay protección divina.

Cuando lo usas con conciencia, el aceite se convierte en un recordatorio constante de que la paz no se encuentra fuera, sino dentro. Cada gota parece susurrar que la verdadera fortaleza no es rigidez, sino suavidad; no es lucha, sino aceptación. En su textura se esconde el mensaje de la flexibilidad espiritual: adaptarse, fluir, envolver sin romper. Así también debe ser tu espíritu, capaz de iluminar sin imponer, de sanar sin exigir, de proteger sin miedo. El aceite es, en verdad, una enseñanza viva de cómo brillar con humildad, de cómo ser luz en silencio.

Los higos, por su parte, son los frutos que despiertan la conciencia de la abundancia del alma. Su dulzura discreta y su interior lleno de semillas recuerdan la multiplicación divina. Representan la conexión entre lo humano y lo celestial, entre el cuerpo que necesita alimento y el espíritu que busca sentido. En los planos de luz, los higos vibran con la frecuencia de la alegría serena, esa que no depende de las circunstancias, sino del reconocimiento de que todo lo necesario ya habita dentro de ti. Cuando los pruebas, recibes el mensaje de que la vida siempre da frutos cuando confías, incluso en los tiempos de sequía.

Las uvas, al igual que los higos, guardan una energía de transformación. Nacen pequeñas y suaves, y dentro de su jugo habita la chispa del fuego sagrado que se transforma en vino, símbolo de comunión y de celebración. Son el recordatorio de que la alegría es una fuerza espiritual, no un simple estado emocional. Cuando compartes uvas, compartes también la vibración del gozo y de la unión. En los reinos de luz, las uvas representan el alma que se entrega, que se deja transformar por el amor divino para convertirse en algo más elevado. Su sabor contiene el eco de una verdad eterna: la alegría abre los portales de la abundancia.

Higos y uvas son frutos del alma, recordatorios de que la vida es generosa con quien sabe ver su belleza. Ambos nacen bajo el mismo sol que te alimenta y te bendice, y ambos enseñan que nada te falta cuando te conectas con el flujo universal. Comerlos con gratitud es afirmar que estás dispuesto a recibir las bendiciones que la creación tiene para ti. En cada fruto que llega a tus manos está el testimonio de que el universo conspira siempre a favor de tu bienestar. Cuando los bendices antes de comerlos, despiertas en ellos su poder espiritual, y ese poder se une a tu energía, llenando tu interior de confianza, gozo y gratitud. Así, mientras el aceite te protege y te da paz, los frutos te recuerdan que la abundancia y la alegría son tu estado natural, y que todo lo que necesitas ya está dentro de ti, esperando ser reconocido.

El agua es el portal de la memoria divina, la sustancia más antigua y sabia del universo. En su transparencia guarda los secretos de la creación, porque fue testigo de los primeros latidos de la vida. Todo comenzó en ella y todo regresa a su abrazo silencioso. El agua no olvida; conserva las huellas de las palabras, los pensamientos y las emociones que tocan su superficie. Cuando la miras con atención, puedes sentir que te observa con amor, como si te reconociera. En realidad, te recuerda. Reconoce tu esencia, tu origen, tu verdad. Porque tú también fuiste agua antes de ser forma, antes de tener nombre. Y cada vez que la tocas, ella responde, recordándote quién eres.

Cada gota lleva un mensaje, una vibración que viaja desde el corazón del cosmos. El agua escucha con una sensibilidad que va más allá de los sentidos humanos. Responde a la armonía, a la gratitud, a la palabra amorosa. Si le hablas con dulzura, se transforma. Sus moléculas cambian, su estructura se ordena, su energía se eleva. Es un espejo de tu interior: lo que piensas y sientes, ella lo refleja. Por eso, cuando bendices el agua antes de beberla, no realizas un acto simbólico, sino una alquimia real. La conviertes en luz líquida, en medicina para el cuerpo y el alma. Tu cuerpo, hecho mayormente de agua, recibe esa bendición y la expande, ajustando tus vibraciones a la frecuencia del amor divino.

En los planos sutiles, el agua es considerada el vehículo del Espíritu. Es el medio a través del cual la energía divina se mueve por la materia. Sin agua, nada fluye, nada crece, nada se transforma. Por eso, cuando el agua toca tu piel, limpia más que el polvo: libera las cargas del alma. Cuando la bebes con conciencia, purifica más que el cuerpo: despierta memorias dormidas. En su movimiento constante, el agua te enseña la sabiduría del fluir, la entrega sin resistencia, la danza perfecta entre el dar y el recibir. Observa cómo corre un río: no se aferra, no se detiene, no lucha, y sin embargo, siempre llega al mar. Así también debería ser tu espíritu: flexible, confiado, libre.

Cuando tomas agua sin presencia, su poder permanece dormido. Pero cuando la miras, la reconoces y la bendices, el agua despierta. Al bendecirla, le recuerdas su propósito original: ser vehículo de luz, portadora de vida. Cada palabra pronunciada sobre ella tiene poder. Si dices “gracias”, ella lo recibe y multiplica su vibración. Si pronuncias “te bendigo”, ella se ilumina desde dentro. Es una energía obediente, pero no pasiva; responde a la intención consciente, a la pureza del corazón. Por eso, te invito a que nunca bebas sin antes conectar con ella, porque cada sorbo puede ser una oración, cada trago, una comunión.

El agua tiene la capacidad de guardar tus oraciones. Cuando hablas con fe, tus palabras quedan suspendidas en su memoria, y ella las lleva a los lugares donde más se necesitan. Es mensajera del amor divino, viajera incansable entre mundos. El agua que hoy tocas tal vez alguna vez fue lluvia sobre un desierto, o lágrima de una montaña, o rocío sobre un jardín que ya no existe. Lleva consigo historias de la creación, recuerdos de los primeros amaneceres del mundo. Y sin embargo, cada vez que la bendices, se renueva, como si por un instante volviera a nacer. Al hacerlo, te enseña que tú también puedes limpiarte de todo lo viejo, disolver las cargas y volver a empezar.

Cuando el agua entra en tu cuerpo, no solo apaga la sed, sino que reaviva la memoria de la divinidad en ti. Tu sangre, tus células y tus pensamientos responden a su energía. Si bebes con ira o tristeza, el agua se impregna de esas emociones; pero si bebes con gratitud, ella las transforma en luz. Por eso, cada vaso que tomas puede ser una ceremonia de renacimiento. No importa si proviene de una fuente, del mar o del cielo, porque toda el agua proviene del mismo origen: el corazón creador. Cada vez que fluye dentro de ti, el universo se reordena un poco, y la paz encuentra un nuevo hogar en tu interior.

El agua es maestra, guardiana y espejo. Te enseña sin palabras que la pureza no significa ausencia de movimiento, sino equilibrio en medio del cambio. Ella fluye, se adapta, atraviesa, nutre y limpia. No exige nada, solo pide reconocimiento. Cuando la bendices, no haces más que devolverle la conciencia que siempre tuvo. Ella responde envolviéndote con su suavidad, llenando tus pensamientos de calma y tus emociones de claridad. Así, cada vez que la tocas, recuerda que no estás frente a algo simple: estás tocando a la creación misma. El agua es la voz del cielo en la tierra, y cuando la bebes con amor, esa voz se convierte en canto dentro de ti. Porque el agua no solo sacia tu cuerpo, también despierta tu espíritu y te recuerda, una y otra vez, que la divinidad vive en todo lo que fluye.

El agradecimiento es una de las fuerzas más poderosas del universo, una alquimia que transforma lo común en sagrado. Cada vez que agradeces, bendices la materia, elevas su frecuencia y despiertas la luz dormida en todo lo que te rodea. Agradecer no es un acto de cortesía, es un acto de poder. La energía del agradecimiento mueve lo invisible, abre caminos, sana heridas y armoniza el alma. Cuando das gracias por lo que tienes, por lo que eres y por lo que llega, la realidad responde con generosidad. Lo que tocas se llena de luz, lo que consumes se convierte en medicina, y lo que compartes se multiplica. Agradecer es hablar el lenguaje de los cielos, es pronunciar las palabras que el universo entiende y a las que siempre responde con amor.

Cada alimento que colocas en tu mesa tiene su propia vibración, su propio pulso divino. Pero es el agradecimiento lo que despierta su poder espiritual. Cuando comes con gratitud, el alimento se transforma en energía pura, en sanación, en bendición. No importa si se trata de una fruta, un trozo de pan o un simple vaso de agua: todo puede convertirse en oración si lo recibes con conciencia. Cada bocado agradecido eleva tu frecuencia y te acerca más a la armonía del espíritu. Tu cuerpo deja de ser solo un cuerpo; se convierte en un templo que recibe la luz a través de lo que ingiere. Comer deja de ser una acción física y se vuelve un acto sagrado, una comunión con la divinidad que te habita.

La energía del agradecimiento también purifica. Cuando bendices lo que tienes, limpias las memorias de carencia y miedo que muchas veces acompañan tus pensamientos. El agradecimiento disuelve el sentimiento de escasez y lo reemplaza con la certeza de que todo es provisión divina. En los planos de luz, esta energía es vista como una llama dorada que desciende sobre quien agradece con el corazón. Esa llama transforma la materia, libera las energías densas y convierte lo cotidiano en milagro. Por eso, cada vez que agradeces antes de comer, no estás solo pronunciando palabras: estás invocando la alquimia del cielo sobre la tierra.

Tu mesa puede ser un altar y tu comida, una oración. No necesitas templos ni rituales complejos, solo presencia. Cuando te sientas a comer, detente por un instante, mira lo que tienes frente a ti y reconoce el milagro que representa. Cada alimento ha recorrido un camino sagrado: fue semilla, brote, fruto; fue tocado por el sol, la lluvia, la tierra y la mano humana que lo cultivó. Agradecer ese recorrido es honrar la red invisible que sostiene la vida. Cuando lo haces, la energía del universo te envuelve, y tu hogar se llena de luz. Comer se convierte entonces en una ceremonia silenciosa donde lo divino y lo humano se encuentran en perfecta armonía.

El agradecimiento también tiene el poder de expandir la conciencia. Cuando agradeces de verdad, comienzas a ver la divinidad en todo: en los aromas, en los sabores, en la textura de los alimentos, en la calidez de tus manos. Empiezas a comprender que nada está separado, que el cielo y la tierra se tocan en cada instante. La gratitud abre tus ojos a la belleza de lo simple, a la abundancia que siempre estuvo frente a ti. Y cuando ves la vida desde esa luz, todo se vuelve sagrado: el aire que respiras, la palabra que pronuncias, el pan que compartes. Agradecer es recordar que todo lo que te rodea es una expresión viva del amor divino.

El secreto que muchos olvidaron es que el cielo no está lejos. No está escondido entre nubes ni detrás de las estrellas. El cielo está en cada alimento, en cada aroma, en cada bocado. Está en el silencio antes de comer y en el suspiro después de hacerlo. Los ángeles no solo te observan desde lejos; te acompañan, bendicen tus manos, tocan tu mesa y susurran sobre tu corazón mientras comes. Ellos bendicen la energía que entra en ti, multiplican tus intenciones y rodean tu espacio con luz. Cada vez que te alimentas con amor, ellos celebran contigo, porque saben que ese acto sencillo sostiene la vibración de la vida misma.

Cuando eliges alimentar tu cuerpo con amor, también alimentas la luz del universo. Cada pensamiento amoroso, cada palabra de gratitud, cada gesto de consciencia, nutre la red de energía que une a todas las almas. Comer se convierte en una forma de oración viva, un intercambio entre el cielo y la tierra donde tu alma participa activamente. Nada es pequeño cuando se hace con amor; incluso el acto más cotidiano puede convertirse en una ofrenda. Cuando agradeces, abres el portal de la abundancia infinita. El universo escucha tu vibración y responde multiplicando la luz. Así, cada alimento que bendices, cada sorbo que recibes, cada palabra que pronuncias con gratitud, se convierte en una chispa divina que ilumina el mundo. Porque el verdadero milagro no está en lo que comes, sino en cómo eliges recibirlo: con amor, con fe y con la certeza de que, en ese instante, el cielo y tú son uno solo.

Y como cada día, te hago una pregunta a ti, Y tú, ¿Has sentido alguna vez que un alimento te transmite paz o sanación?

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tu Ángel de la guarda

En Consejos para la vida, hoy el Arcángel Chamuel te dice:

Encontrar paz en el hogar es más que tener un lugar bonito o en orden; es construir un espacio donde tu alma pueda descansar. El hogar no siempre es perfecto, ni silencioso, ni luminoso, pero puede ser un refugio si eliges llenarlo de calma, gratitud y presencia. La paz no llega sola: se cultiva en los pequeños gestos cotidianos, en la forma en que hablas, respiras y cuidas lo que te rodea.

A veces creemos que la paz está lejos, en un viaje o en una vida diferente, pero la verdad es que puede comenzar justo donde estás. Cada vez que respiras profundo antes de reaccionar, cada vez que eliges comprensión en lugar de discusión, cada vez que pones amor en lo que haces, estás sembrando armonía en tu espacio. Tu hogar se convierte en una extensión de tu energía, y cuando tú sanas, él también se transforma.

No importa si las paredes son simples o si las cosas aún no están como quisieras; lo que importa es la intención que habita allí. Abre las ventanas para que entre la luz, enciende una vela, escucha música suave, bendice tus rincones con pensamientos amables. Todo eso limpia, todo eso ordena, todo eso invita a la paz a quedarse.

El hogar es también tu cuerpo, tu mente, tu corazón. Es el lugar donde vives internamente, y por eso, cuando hay paz dentro, la armonía afuera llega como reflejo natural. No necesitas grandes cambios, sólo un compromiso profundo con cuidar lo que te sostiene.

Te amo, y deseo que actúes acorde a la sabiduría que te ilumina.

Mensaje del Arcángel Zadquiel:

 

Tu actitud es la llave que abre las puertas del bienestar y la armonía. Cuando eliges ver la vida con gratitud y optimismo, el universo responde mostrándote más razones para sonreír. No te castigues por los días en que tu energía decae; esos momentos también forman parte del aprendizaje y te enseñan a reconectar contigo mismo. Cada pensamiento positivo que cultivas tiene el poder de transformar tu realidad.

 

Mensaje del Arcángel Rafael:

Hoy te acompaño con mi luz para que recuerdes la importancia de cuidarte. No puedes dar lo mejor de ti si no te das primero amor y atención. Permítete descansar, sanar y nutrirte en cuerpo y alma. Escucha las necesidades de tu corazón y dales prioridad. Cuidarte no es egoísmo, es un acto de amor propio que eleva tu vibración y fortalece tu conexión con la luz divina

 

 

 

¡Nos vemos en el camino!…

ॐ SÓLO AMA ॐ

 

 

SÍNTOMAS QUE TE HACEN SOSPECHAR QUE TIENES UN TRABAJO DE MAGIA NEGRA

 

Todos los Mensajes de los Ángeles para ti lo puedes ver aquí

 

MENSAJES DE LOS ÁNGELES PARA TI

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DECRETO PARA EL DESPERTAR DE CONCIENCIA: «MI ALMA Y MI CONCIENCIA ESTÁN DESPIERTAS Y ABIERTAS A LA SABIDURÍA DIVINA»

¡Gracias Amado mío que siempre me oyes!

Este decreto lo debes realizar durante 9 días. 

Las Señales del Universo para hoy: ocho nueve, nueve ocho.

«HOY DESECHO TODO LO QUE NO ME HACE BIEN, TODO LO QUE NO ME APORTA VALOR ESPIRITUAL Y TODO LO QUE ME IMPIDE CONECTAR CON MI SER. HOY ME ACERCO A DIOS A TRAVÉS DE LA CONEXIÓN ESPIRITUAL CON TODOS LOS SERES DE LUZ» 

DI EN VOZ ALTA: «YO SOY LA CONEXIÓN DEL UNIVERSO» PARA DECRETAR y COMPARTE.

 

 

 

 

 

 

 

 

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